Papa Noel, es un personaje mítico y controvertido. La Iglesia lo considera símbolo del capitalismo derrochador, antítesis de la humildad del pesebre, y Franco, coherente con una política nacionalista española y con un catolicismo ortodoxo, creía que era un intruso extranjero que se colaba sin permiso por nuestras chimeneas. Tampoco simpatizaba el general, en grado superlativo, con el europeo árbol de Navidad, por ello potenciaba el uso del belén y la presencia de nuestros castizos Reyes Magos. No consiguió impedir la nueva realidad globalizada.
Nos llevaremos una sorpresa si despojamos de sus ropajes de tradición a Santa Klaus, San Nicolás en alemán, hallando un obispo cristiano de Licia, tierras hoy pertenecientes a la actual Turquía, que repartió su cuantiosa fortuna entre los necesitados, protegió a los niños huérfanos y fue perseguido por el Imperio Romano. La tradición oral habla de sus curaciones y entrega de regalos a los más pequeños. Murió el 6 de diciembre del año 345 y, en su honor, fue celebrada en las catedrales la Fiesta del Obispillo, festejo enmarcado dentro de las medievales Fiestas de Locos. Una serie de acciones lúdicas que proclaman la subversión social, conectando las fiestas saturnales y lupercales romanas con el carnaval actual. Un monaguillo era elegido obispo de la diócesis por un día, y así, revestido con báculo, mitra y capa presidía la misa sin consagración, pronunciando la homilía y bendiciendo a los fieles congregados. La primera noticia que tenemos en la catedral de Murcia de este evento singular está fechada en 1415. Los niños en aquella lejana sociedad eran un cero a la izquierda, desprovistos de derechos y maltratados en muchos casos pero el Obispillo reivindicaba su condición de humanos.
Del culto milenario y pagano al árbol, fuente y símbolo de vida, nos viene el árbol de Navidad. Nada mejor que esta especie vegetal para ilustrarnos sobre el eterno retorno: la muerte de sus hojas en otoño y su resurrección cíclica en primavera. Posiblemente un árbol hizo religioso al hombre. Tanto San Nicolás-Santa Klaus-Papa Noel como el árbol de Navidad nos sitúan ante el Misterio.
JOSÉ SÁNCHEZ CONESA
Muchos profesores y padres reniegan de Halloween por considerarlo una americanada ajena a nuestra cultura. Sin embargo en colegios e institutos se celebra anualmente con ímpetu renovado y todo lujo de detalles. Pero el espíritu de Halloween no está tan lejos de nuestras tradiciones del día de Todos los Santos y día de las Ánimas. Es más, pertenecen al mismo universo mental y espiritual.
Esta fiesta de origen europeo, celta para más señas, fue llevada a Estados Unidos por los inmigrantes irlandeses a partir de 1846. Los antiguos celtas hace 2.500 años pensaban que los espíritus de los fallecidos podían salir de los enterramientos para apoderarse de los cuerpos de los vivos y resucitar. Como medida preventiva ponían huesos, calaveras y otros objetos desagradables para ahuyentar a los espíritus de muertos malvados y que estos no entraran en las viviendas. Ese es precisamente el sentido de la calabaza, los disfraces grotescos de brujas y otros personajes malvados que emplean los niños cuando casa por casa piden «truco o trato» a los mayores. Es decir si no son obsequiados con golosinas realizarán trapacerías como lanzar huevos contra la fachada.
Aquí nuestros antepasados creían igualmente que las almas de los difuntos retornaban a sus antiguas moradas y para ello las mujeres de la casa les preparaban una cama para que en la noche del 1 al 2 de noviembre reposaran. Las almas se introducían por las chimeneas o por las cerraduras, por ello los más jóvenes tapaban con barro o yeso los cerrojos, sobre todo donde moraban mozas casaderas.
También en nuestra comarca vaciaban una calabaza, luego sustituida por el melón, para tallar ojos y boca e introducir en su interior una vela, acción que como en Estados Unidos pretende alejar a los espíritus malévolos.
Nuestros antecesores sabían perfectamente que no se debía salir en esa noche a la calle pues quedaban expuestos a los nefastos espíritus que se presentaban bajo diversas formas como ovillos de lana rodando y lluecas seguidas de polluelos. Incluso el mismísimo Diablo bajo apariencia de choto o cabra.
Deseo poner como ejemplo al Colegio San Agustín de Fuente-Álamo y a su profesor, el cartagenero José Luis Carralero Alarcón, que hace las veces de cronista de la Cofradía del Cristo del Socorro, pues les propone a sus alumnos de primaria y secundaria que conversen con sus abuelos para que les cuenten estas tradiciones locales, ponerlas en común y comer gustosos tostones que elabora una madre.
Sería deseable que en las escuelas se profundizara en el sentido de esta fiesta y su apretada conexión con nuestras tradiciones de ánimas, sin olvidarse nunca de los dulces tostones.
José Sánchez Conesa.
Investigador de la Cultura Popular del Campo de Cartagena.
Fisgoneado en La Verdad.