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Vista de la Manga desde el parque natural de las Salinas y Arenales de San Pedro Pinatar.

La Consejería de Agricultura y Agua ha organizado diversas actividades en tres espacios naturales de la Región para conmemorar el Día Mundial de los Humedales, que se celebrará el próximo 2 de febrero.

Fuentes de la Administración regional han informado en un comunicado de que las actividades programadas comienzan hoy en el Parque Regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila, donde se desarrollará un itinerario ambiental guiado por las salinas de Marchamalo dirigido a escolares.

Ese mismo itinerario dirigido al público en general se repetirá mañana sábado, 30 de enero, en Playa Paraíso.

Al día siguiente, el domingo 31, en el Paisaje Protegido de Ajauque y Rambla Salada, se celebrará una actividad en la presa del embalse de Santomera para una asociación de este entorno, y en el Parque Regional de las Salinas y Arenales de San Pedro del Pinatar, se realizarán dos itinerarios ambientales guiados.

Las mismas fuentes han indicado que en el Día Mundial de los Humedales, el 2 de febrero, será inaugurada la nueva sala de exposiciones del mencionado Centro de Visitantes 'Las Salinas'.

Olisqueado en La Verdad.

Artesanos del tiempo.
9/16/2009 | Author:

Torrevieja ve cómo el paso del tiempo y la falta de interés de los más jóvenes han puesto en peligro una de las actividades más populares y tradicionales del último medio siglo.

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Un ingrediente tan imprescindible para la comida y la vida como lo es la sal, también puede utilizarse para realizar obras de arte como las que Manuel Sala Campos lleva haciendo desde hace casi 50 años. Madera, tela, agua salada y empeño es lo que hace falta para realizar estas figuras que son el elemento representativo de Torrevieja. Una tradición tan arraigada que necesita de gente joven para que no caiga en el olvido.

ANTONIO TRIVES Este torrevejense jubilado comenzó a trabajar con 15 años en Las Salinas de Torrevieja. Desde entonces, y ya va casi medio siglo, no ha dejado de hacer artesanía salinera. Concretamente, pequeños barcos cuajados en sal.

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La materia prima utilizada es la madera, PVC (plástico), tela, hilo y, cómo no, sal. Para realizar este tipo de barcos en miniatura, Manuel Sala, en primer lugar, recoge madera para hacer la base de la embarcación. También ata y perfila los mástiles para, seguidamente, forrar con tela todos los elementos que dan forma al barco. Con hilo se ultiman los detalles de las velas. Cuesta creer que esta estructura forrada en tela se transforme en una brillante y llamativa embarcación de sal.

Este artesano es un ejemplo de las pocas personas que ya van quedando y que dedican su tiempo libre a realizar este tipo de artesanía tan arraigada en Torrevieja. Manuel Sala, cada vez que tiene un rato libre y como forma de entretenimiento, se sienta en su silla, junto a la luz del patio. Allí, en su mesa de trabajo, tiene todo lo necesario para ponerse manos a la obra.

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Una vez que la estructura queda forrada, sólo hay que dejar trabajar a la naturaleza. Es el momento de introducir las embarcaciones en Las Salinas para de este modo comenzar el proceso de cuajar la sal. La experiencia de los artesanos le indican el momento exacto de extracción del barco. Tras sacarlo del agua se expone al sol para su secado. Según Manuel Sala, el peor enemigo de este tipo de artesanía es el polvo y la humedad, aunque "si se mancha de tierra, no hay forma de quitársela".

Pero no sólo se encarga de hacer el arte, sino también de resguardarlo. Es decir, este artesano también construye la propia vitrina que acoge dicha artesanía. Una tradición que, poco a poco se va perdiendo, y que sólo mantienen los más veteranos del lugar, y algunos alumnos de la Escuela de Artesanía Salinera. Sala y algunos artesanos torrevejenses consiguen sacarle su mayor belleza a través de estos característicos barcos aunque, por desgracia, cada vez quedan menos.

Fisgoneado en Diarioinformación.

Excursión circular de cinco kilómetros en una isla vegetal que Yecla comparte con cuatro municipios alicantinos.

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El Altiplano nos proporciona otra mirada: da la impresión de que todo está un poco más solo en unos paisajes que parecen estar lejos de cualquier parte. Eso le pasa a la Sierra de Salinas, un espacio natural de más de 4.000 hectáreas que comparten Yecla y los municipios alicantinos de Pinoso, Villena, Salinas y Monóvar. Desde sus miradores hay vistas despejadas de las sierras del Buey y del Carche, y a lo lejos se avistan montañas melladas por las canteras y extensos cultivos de viñedo. La Sierra de Salinas, pese a sus importantes valores medioambientales, no está blindada del todo administrativamente, ya que sólo disfruta de la condición de paisaje protegido. ¿Sus méritos? Albergar más de 800 especies botánicas (el 35% de las existentes en la Región) y dar cobijo a una amplia colección de aves rapaces (águila real, ratonero común, águila culebrera, azor, búho real, cárabo...). La cobertura vegetal está dominada por el pino, la carrasca y el madroño.

4.000 hectáreas dan para mucho, pero una buena manera de aproximarse por primera vez a este importante y solitario espacio natural es haciendo una excursión circular de unos cinco kilómetros con salida y llegada en el Aula de Naturaleza del Coto de Salinas, en el paraje de Las Colonias. Entre dos y tres horas de camino.

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La boca de la Cueva del Lagrimal, fotografiada desde el interior.

Aula de Naturaleza.

Iniciamos la excursión en unas instalaciones municipales que acogen campamentos juveniles en verano y avanzamos por el camino que nos lleva hacia el paraje de Las Colonias: se llama así porque esta zona se repobló con colonos a principios del siglo XX. La experiencia fracasó, y las viviendas

-que siguen disfrutando sus descendientes- han quedado como recuerdo de unos tiempos difíciles en los que se trató de mantener un núcleo de población ganando terreno al monte.

En unos 800 metros nos salimos del camino y tomamos una senda por la derecha que pasa delante de una colonia y se interna en la sierra. Cuando tengamos vistas de la Piedra del Nichuelo habrá que tener cuidado con una senda que sale a la derecha, puede que cortada con unas piedras, y que nos llevaría hacia el barranco. Nosotros, cuesta arriba.

La senda se inclina muchísimo, lo que nos permite ganar altura rápidamente. En el siguiente cruce de sendas seguimos por la derecha. La vegetación se cierra ahora sobre el sendero, que se convierte en un bellísimo túnel vegetal. Pinos de gran tamaño cubiertos de líquenes y densas manchas de carrasca nos acompañan en este tramo de umbría donde se aprecian con facilidad las huellas de los jabalíes, que levantan terrones de tierra en busca de lombrices y raíces. El mojón que nos encontramos en un pequeño collado nos indica que entramos en el término municipal de Villena.

Cueva del Lagrimal.

La senda comienza a bordear un barranco que se abre a nuestra izquierda, y en un recodo avistamos la boca de la Cueva del Lagrimal, eternamente húmeda por la filtración del agua de lluvia sobre la roca calcárea, fenómeno que da lugar a un goteo incesante. Desde la cueva, a unos mil metros de altitud, se domina un amplio territorio, lo que explica que se haya documentado un gran número de asentamientos humanos en su interior a lo largo de 12.000 años. Más recientemente, fue escondite de bandoleros, entre ellos el mítico Jaime el Barbudo, y también sirvió de refugio durante la Guerra Civil. Todo el entorno de la cueva está catalogado como microrreserva botánica, así que vale la pena deternerse un rato para apreciar la enorme variedad vegetal que nos ofrece este lugar, uno de los pocos de la Región donde siguen creciendo los helechos en abundancia (y en otoño nos sorprenderá la gran cantidad de hongos que produce esta sierra). La senda sigue rodeando el monte y ganando altura, hasta alcanzar una zona más abierta y llana donde apreciamos restos de antiguos cultivos en pequeñas parcelas de olivos ganadas al monte.

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Mirador de Rabassa.

Llegamos a una carretera, que seguimos hacia la derecha durante un kilómetro; entonces nos desviamos a la derecha para bajar hasta el mirador de Rabassa. De izquierda a derecha distinguiremos las sierras de Las Pansas, El Carche, El Serral, El Buey y el Monte Arabí. Volvemos al camino principal y progresamos por la pista, que se retuerce en curvas y contracurvas cortando laderas cuajadas de madroños. Pasado otro kilómetro, nos salimos a la derecha en una curva para dejarnos caer por una camino muy empinado, abierto seguramente para sacar madera. Si hemos sido previsores y llevamos bastones de marcha nos ahorraremos alguna que otra caída provocada por la piedra suelta. En unos 500 metros nos encontraremos de nuevo en el camino en el que iniciamos el recorrido, junto al Aula de Naturaleza.

Fisgoneado en La Verdad.