El monasterio de San Antonio, en pleno corazón de la ciudad, sucumbió por desidia hace tres décadas.

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Si se hubieran apilado junto a los muros del convento de San Antonio los informes, contrainformes, denuncias, decretos y sentencias que provocó el edificio se hubiera evitado, con semejante contrapeso, su ruina total. Porque ésta no fue provocada por guerras o asaltos, ni tampoco por turbamultas enajenadas o calamidades naturales. Lo que destruyó el convento fue la dejadez de la administración y del entorno de la propia congregación que lo habitaba. Unos y otros abandonaron a su suerte el espléndido complejo del siglo XVII. Ahora, con la recuperación del remoto obrador de San Antonio, muchos recuerdan el antiguo monasterio, del que aún se conserva la iglesia en pleno corazón de la ciudad.

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'La Verdad' denunció la retirada de tejas del tejado. A la derecha, antes del ataque.

En 1497, el Pontífice Alejandro VI, el legendario Papa Borgia, firmó una Bula que reconocía la existencia del convento y establecía que las hermanas acogidas en Murcia a la Orden de San Francisco -entonces alojadas en alguna casa bajo el apoyo económico de bienhechores- quedaran bajo la tutela del obispo diocesano. Arrancaba así la historia de una orden que permanecería en el corazón de la ciudad durante siglos. En la segunda mitad del siglo XVI comenzarían las obras del convento, que fueron acababas un siglo más tarde. Fue entonces cuando se produjo el supuesto milagro del santo de Padua durante la epidemia de peste de 1648.

Murcia se volcó en la celebración de rogativas remotas, organizando procesiones de luto y penitencia que, en muchos casos, provocaron más contagios. Todos los esfuerzos fueron en vano hasta que, el día de San Antonio, sacaron la talla en procesión por las calles.

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El edificio, en las últimas. A la derecha, una viga de espléndida factura barroca pende en el vacío.

Cuentan los cronistas que muchos enfermos, con sólo acercarse a las ventanas para ver pasar al santo, sanaban al instante y que aquel día no se produjo muerte alguna. Así que al año siguiente, en acción de gracias, el Concejo se propuso cumplir un voto en la iglesia de San Antonio, que se repetiría cada 13 de junio y, de paso, ofrecer una limosna a la congregación. Esta costumbre aún perdura en el monasterio de Algezares, donde en la actualidad vive la comunidad concepcionista. La destrucción del antiguo convento se inició en 1972, cuando se hundió una parte del tejado situado sobre el coro de la iglesia. Las religiosas se trasladaron entonces al Monasterio de Los Jerónimos y promovieron ante el Ayuntamiento de Murcia un expediente de ruina que, en apenas un mes, fue tramitado. El arquitecto municipal advertía de que el edificio era «una ruina sin posible consolidación».

Las hermanas intentaron que se declarara la ruina inminente del edificio para desalojar las tiendas ubicadas en varias de las fachadas del monasterio. Pero no lo lograron y el caso llegó a los tribunales. En 1976, el Tribunal Supremo resolvía que la ruina «no es inminente». Sin embargo, comenzaron a sucederse los derribos y se produjeron nuevas denuncias. La superiora reconocería la ilegalidad de aquellos ataques al patrimonio, aunque justificó su proceder porque no tenía costumbre de solicitar licencia «en obras que no afecten al exterior del edificio».

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Aspecto que presentaba el convento en 1976, cuando comenzó su ruina.

A partir de aquel instante, la desolación se apropió del monumento. El desplome del tejado causó la destrucción de las columnas del claustro, las zapatas de madera labrada, las rejas de hierro forjado y las puertas de cuarterones. Un desastre. Un informe destacó que los daños provocarían el hundimiento de las bóvedas. Y nadie hacía nada. Entretanto, otros vecinos denunciaron la salida de obras de arte del recinto, aunque la superiora aseguró desconocer este extremo, «porque allí no quedaba casi nada». Hubo quien aseguró que estas obras de incalculable valor fueron trasladadas a la casa central de la orden, en Benisa. Después, el edificio sería adquirido por una cooperativa de viviendas, cuyos miembros se comprometieron a restaurar la iglesia. Hoy es lo único que queda del complejo monástico.

Fue el diario La Verdad el que denunció tanto atropello hasta el último capítulo en la historia del convento. En 1978 se descubrió un cementerio subterráneo, debajo del templo, «con señales inequívocas de saqueo: Una treintena de nichos, con restos humanos, trozos de hábitos, zapatillas y hasta manojos de cabellos». El redactor ya advertía del estado del monasterio: «Del convento ya no queda nada. En el solar, ratas y excrementos».

Fisgoneado en La Verdad.

¿Que si el santo es realmente casamentero? ¡Muchísimo! Hay chicos que se han hecho socios de la Hermandad ya mayores y a los pocos meses han encontrado novia.

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Fulgencia Manzanares es el alma de la Hermandad de San Antonio. Tiene tantas energías que desborda incluso a las demás asociaciones de Lobosillo, rodeada por tierras de varios municipios del campo cartagenero, aunque es pedanía de Murcia. Allí nació, y como ella misma dice, «toda la vida dedicada a cuidar a los demás», principalmente a su familia más próxima pues cinco personas de avanzada edad dependieron de Fulgencia desde su juventud. Además ha sacado adelante seis hijos, y ahora se desvive por sus cinco nietos. Derrocha alegría, y a su lado nadie puede estar parado.

- Según he visto en documentos del Obispado, la parroquia de Lobosillo está dedicada a San Pedro. ¿Por qué celebran sin embargo a San Antonio de Padua?

- Cosas de la vida, y de la Iglesia. El templo parroquial es muy reciente, del siglo pasado y se le dedicó a San Pedro, pero los vecinos del campo siempre hemos sido muy devotos de San Antonio. Su festividad es a primeros de Junio pero las fiestas las celebramos siempre a finales del mismo mes, coincidiendo con la festividad de San Pedro.

- No deja de ser curioso. ¿Por qué celebran las fiestas a finales de junio?

- Por lógica. Antes, todos los hombres del campo, cuando ya tenían edad para trabajar, emigraban a primeros de junio a La Mancha para realizar la siega y así poder mantener la familia durante gran parte del año. Lobosillo se quedaba sin un alma hasta finales de mes. Por San Pedro regresaban de la siega y entonces celebramos todas las familias con mucha ilusión las fiestas, pero a San Antonio.

- San Antonio tiene ermita propia.

- Claro. Esto era todo campo con casas de labranza diseminadas y sólo estaba la ermita de San Antonio de Padua que construyeron en el siglo XVIII en el paraje de los Ríos. Además, la ermita en su interior tiene un encanto especial con los colores tipo azulete, las pilas de agua bendita de mármol, sus capillitas con una nave central y sobre todo donde se subía el cura para darnos el sermón, todo de hierro repujado. La construcción en el exterior es también típica de aquella época con el tejado de teja de medio cañón y toda ella de ladrillos de tierra, incluso con tres muros que la sujetan que los estudiosos les llaman contrafuertes.

- La ermita tiene una orientación muy rara.

- Eso es lo primero que dicen todos los que vienen a visitarla, pero la cosa no se debe a ninguna cosa de estrellas fugaces ni a la caída de ningún ovni ni nada de eso. Simplemente cuentan los más viejos del pueblo que el dueño de la mansión tenía un hijo paralítico y para que pudiera ver cómo decían la misa se orientó hacia la ventana de su dormitorio. Abrían las puertas de la ermita y él desde su lecho podía seguir la misa.

- ¿Realmente es casamentero San Antonio?

- ¡Muchísimo! Al menos este. Hay vecinas que sus hijos ya bien maduros en edad se han hecho socios y a los pocos meses ya con novia. Después nos dicen sus padres: ¡lástima que no se hubiera apuntado antes! Toda la gente del pueblo quiere casarse ante esta imagen; y quienes tienen novia fuera del pueblo y se tienen que casar en la parroquia de la mujer se llevan una copia de la imagen del santo para que esté en el altar el día de la boda.

Fisgoneado en La Verdad.