José Jiménez, fundador del colegio Luis Vives de Nonduermas, ha recibido este año el premio al cooperativista del año de Ucomur.

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José Jiménez es un corpachón, de complexión fuerte, como se dice en la huerta, sobre todo donde se encuentra ubicado el centro escolar donde trabaja, en la pedanía murciana de Nonduermas. No puede negar que en cuestiones de gustos futbolísticos es un forofo del Madrid, y en la solapa de su indumentaria de trabajo luce en grandes dimensiones el escudo del equipo merengue. Enamorado de su trabajo, bonachón y de trato sencillo tanto con sus alumnos y con los padres de los alumnos, su apuesta por la organización laboral ha sido siempre por el cooperativismo. Su colegio, Luis Vives, celebró el año pasado las bodas de plata de su constitución, y él mismo ha sido distinguido con el premio al mejor cooperativista del año.

- ¿Por qué se formó la cooperativa en la que usted trabaja?

- Inicialmente existían varios colegios pequeños, situados en distintos barrios de Murcia que formaban la Agrupación Luis Vives. Una ley dio un plazo para que todos esos colegios se fusionasen en un sólo edificio, y surgió la cooperativa Luis Vives. Se compuso con las personas de los colegios de origen, así como por otros profesores que estuvieron interesados en formar parte de la nueva cooperativa, que tiene su sede en la pedanía murciana de Nonduermas.

- Su cooperativa se centra en el ámbito educativo, ¿Es éste uno de los campos en los que más puede desarrollarse el cooperativismo? ¿Qué peculiaridades tienen las cooperativas para constituir colegios?

- Las peculiaridades de las cooperativas de enseñanza son su autogestión, la estabilidad del profesorado, el proyecto educativo y las señas de identidad propias. Somos centros que trabajamos en base a una filosofía común y damos respuesta a una oferta educativa, atendiendo a las necesidades del alumnado de la zona de influencia del centro.

-¿Qué importancia tienen las cooperativas en la creación de empleo? ¿Existen otras alternativas mejores?

- Un grupo de personas o socios gestionamos y dirigimos el centro, creando nuestro propio puesto de trabajo, además de otro personal contratado por la cooperativa según las necesidades. Para mí no existe una alternativa mejor; después de 26 años de trabajo en mi cooperativa he visto como ha ido evolucionando, desde ocho socios iniciales que empezamos la labor, hasta los diecisiete que somos actualmente. Hemos desarrollado un sistema educativo a lo largo de nuestra trayectoria profesional que hemos considerado el más apropiado para los alumnos de la propia localidad donde estamos.

- ¿Qué requisitos debe tener una cooperativa para su buen funcionamiento?

- Lo principal para el buen funcionamiento de una cooperativa es que tenga una representación buena y efectiva en cuanto a la gestión y dirección de la misma.

- ¿Por qué cree que ha sido elegido usted mejor cooperativista del año?

-Creo que ha sido por mi contribución a la organización desde su fundación, hace ahora veinte y cinco años, de Ucoerm (Unión de Cooperativas de Enseñanza de la Región de Murcia).

Fisgoneado en La Verdad.

Por los apellidos recuerdo la dirección familiar de los antiguos alumnos, a algunos les he licenciado a sus hijos y sus nietos.

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Por Antonio Solís Verdú, no me conoce nadie», admite Antonio de Capuchinos, el que ha sido secretario y empleado todoterreno del colegio San Buenaventura de Murcia durante cincuenta años. Cercano y familiar, reconoce que algo se le ha pegado de los frailes que llevan el colegio y a los que no se llegó a unir -recuerda que «quisieron ficharme» pero prefirió casarse con su mujer- y se va del colegio obligado más obligado por la legislación que por la edad (70 añazos) y con una enorme tristeza.

- ¡50 años! Se dice rápido.

- Sí. Entré en el 59, cuando los frailes llevaban hábito, directo desde el internado donde había estudiado. Hasta entonces el secretario siempre había sido un fraile y, de hecho, mi cargo es Jefe de Negociado.

- ¿Cuál es el secreto para aguantar medio siglo en el trabajo? .

- Querer mucho a la empresa, al colegio, los niños y los padres. Considerarlos tu familia.

- En este tiempo habrá visto usted crecer a media Murcia.

- No le digo nombres porque tendría que decir miles para no dejarme a nadie. Cuando había internado venían niños de hasta Castellón.

- ¿Le sigue la pista a los antiguos alumnos?

- Normalmente sí. Y por sus apellidos recuerdo hasta la dirección de sus padres. A muchos les he licenciado hijos, nietos y hasta bisnietos.

- ¿Eran más o menos traviesos los niños de hace cincuenta años?

- El colegio era entonces muy distinto. Era una época de rigidez, antes de entrar tenían que formar colas y rezar. Son unas formas que, en parte, añoro porque aunque ahora los críos parezcan más felices teniendo como tienen de todo, no valoran suficientemente la convivencia familiar.

- ¿Y los profesores de antaño?

- El profesorado no ha cambiado. Han cambiado las normas de dar las clases. Ahora no se le puede poner la mano encima a un niño. Pero el colegio sigue funcionando muy bien, con el 100% de aprobados en la selectividad en los últimos años.

- ¿Qué siente ahora que le toca dejar el colegio?

- Llevo unas semanas un poco hundido. El colegio es como si fuera mi casa, yo he estado malo y se me ha quitado todo al llegar aquí. No veo correcto que el señor de la Moncloa me licencie porque me encuentro tan activo como cuando entré. Francamente, me encuentro bien. Lo voy a pasar mal, a mi me gustaría que me dejaran continuar. Será imprescindible que encuentre algo con lo que distraer el tiempo libre.

- Póngamos en lo mejor y lo peor de todos estos años. ¿Cuál es la mayor trastada que recuerda?

- Ninguna. Los niños siempre me han respetado. Desde pequeños, desde el comedor. Conmigo han tenido una confianza que siempre han valorado. Ha habido alumnos revoltosos, pero nunca me han dado un disgusto.

- ¿Y lo más bonito que se lleva?

- Lo más bonito ha sido la amistad con toda la sociedad. El que todo el mundo me cononozca, no por mis apellidos, sino como Antonio de Capuchinos. Y el respeto mutuo entablado con las familias y los alumnos, que para mí han sido mis críos desde que entran con 3 años hasta que se van a la Universidad.

- ¿Será Capuchinos lo mismo sin usted?

- Según los padres, no. Yo espero que sí. Mis compañeros en la Secretaria continuarán la obra -tras decir esto se ríe, sorprendido de utilizar lenguaje eclesiástico- ¡he acabado hablando como un obispo!

Fisgoneado en La Verdad.

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En la puerta del centro que dejará en julio.

Octubre de 1996. Comienzo de curso, el último del instituto antes de irnos a la Universidad. Ya conocíamos a todos los profesores, sólo nos faltaba el de Literatura. Imponía por su altura y porque además era el director. «¡Menudos gritos debe pegar!». Nos equivocamos. Nunca dijo una palabra más alta que otra, ni dio un mal golpe en la mesa. Educado, simpático y agradable hasta el infinito. De eso han pasado ya algunos años y ahora el examinado es él. Le toca responder. Ha sido alumno, profesor y director aplicado del Instituto José Ibáñez Martín. Le toca pasar de curso, promocionar hacia una merecida jubilación. Compañeros, amigos, colectivos y entidades de toda la ciudad y de la Región han solicitado para él la Cruz de Alfonso X que otorga el Ministerio de Educación. La literatura ocupará ahora la mayor parte de su tiempo. Tiempo que comenzará con el sonido de la última sirena. Su matrícula de honor está más que garantizada.

-¿Está preparado para ese último rin, ring de la sirena del último día?

-Espero no desmayarme. No hacer ninguna cosa rara. Será un momento difícil después de tantos años. El vacío que me dejará el no venir a clase lo llenaré con mi otra pasión, la literatura, el cariño de mi familia y la amistad de mis amigos. Me convertiré en eso que en Lorca llaman agente de bolsa, o lo que es lo mismo, jubilados con las bolsas de los recados de aquí para allá. Vivo el momento de la jubilación con inquietud. Como quien se va del instituto a la universidad, pero también con alegría. No huyo de la enseñanza ni de la tiza. Se acaba un ciclo vital y empieza otro.

-¿Y como están siendo estos últimos meses?

-Pues fíjate, dando clase en el primer aula en el que yo cursé primero de Bachillerato con don Antonio Llamas. Es como si la vida hubiese querido que acabara mis días en el centro en el aula en el que los empecé.

-Usted no es muy amigo de los homenajes...

-Me da cierto pudor, sin embargo he de agradecer el gesto de mis compañeros y amigos por la solicitud de la Cruz de Alfonso X. No es fácil de conseguir, pero lo hermoso es saber que uno tiene amigos y personas que le aprecian. Es un honor sentirse arropado de esa forma.

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Pedro Felipe Sánchez con sus alumnos en la clase en la que empezó a estudiar en el centro.

-¿Por qué la enseñanza?

-La verdad es que no tenía en la familia a nadie que se dedicara a ella. Me gustaba la literatura en la que me inicié leyendo tebeos como los del Capitán Trueno, hoy en día me siguen apasionando. Quería transmitir esa pasión por la lectura. No hubo en mi decisión una vocación predeterminada.

-¿Cualquier tiempo pasado fue mejor en materia educativa?

-No lo creo. Diferente, sí. El de antes era un sistema más autoritario, en las clases y en las familias. Era más fácil para el profesor. Esa autoridad no era buena, aunque yo tengo que decir que tuve profesores maravillosos. Ahora es más trabajoso. La libertad exige explicar y razonar. Ahora hay que debatir y eso no siempre es fácil con los alumnos. Lo mejor que tiene la educación moderna es que nadie se queda fuera del sistema. Todos tienen opción a estudiar y si por cualquier circunstancia te caes del sistema puedes reincorporarte a través del Aula de Mayores, los estudios a distancia u otros programas. Antes sólo podíamos estudiar unos pocos privilegiados, la mayoría se incorporaban al mundo laboral. Entre los inconvenientes de ahora está la masificación. También a veces nos quejamos de que hay unos pocos alumnos que rompen la armonía, pero no nos fijamos en los centenares que son alumnos normales y que cada año salen de aquí camino de las universidades o a hacer módulos profesionales.

-¿Y lo de asumir la dirección?

-Yo tenía ilusión por este centro. Llegué aquí con nueve años desde las monjas de San Francisco. La enseñanza y la cultura son mis dos pasiones. Llevo toda mi vida aquí. Esta labor me ha enriquecido como persona.

-Imagino que ahora dedicará más tiempo a sus aficiones literarias, a escribir y a leer...

-Sí. Quiero recopilar mis ensayos y los cuentos y seguir con las creaciones narrativas y de poesía. También me gusta el cine, aunque técnicamente no entiendo mucho. Espero no martirizar mucho a mis amigos.

-¿Tienen algún proyecto cultural en mente?

-En Lorca hay mucha oferta cultural, pero sí es verdad que me gustaría poner en marcha clubes de lectura, de gente que se junte para comentar lo que está leyendo. Como quien se junta a hablar de cine o bicicletas que es algo maravilloso.

-¿Qué momento de su etapa como director recuerda de forma especial?

-Recuerdo como un acontecimiento especial la celebración del cincuentenario del centro. Vino gente de todo el país. Al principio organizamos una comida para 200 personas y cada día se añadían otras cien más. Fue el encuentro de varias generaciones. Fue importante para mí porque hicimos de puente entre el pasado y el presente. Este instituto ha tenido mucho prestigio y grandes profesores y directores como Francisco Ros y María Guirao. Profesores que venidos de la Universidad por represalias políticas imprimieron un carácter liberal, abierto y de gran calidad educativa.

-¿Y alguno para olvidar?

-No recuerdo ningún acontecimiento negativo. Seguro que los hay pero es una grandeza de la naturaleza humana tener la capacidad de olvidarlos y quedarnos sólo con los buenos recuerdos. Aquí hay entre profesores y estudiantes unas 1.400 personas. Una de las mayores satisfacciones es ver cada año a los estudiantes salir a la vida universitaria tras recibir una formación.

EL PERSONAJE

Pedro Felipe Sánchez Granados nació en 1949 en Albox, pero salvo por el momento de su nacimiento, el resto de su vida ha transcurrido en Lorca. Primero en el barrio de San José, después en Sutullena y ahora en el centro. Es catedrático de Lengua y Literatura y director del IES Ibáñez Martín desde 1991. Escritor, ensayista, poeta. Fundador de la Asociación Amigos de la Cultura, director de la colección Hojas de la Quimera y miembro del grupo Espartaria.

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