Un ganadero de Archivel traslada 600 ovejas a Lorca por veredas y cañadas ante la falta de pastos en la zona.
Trashumancia en pleno siglo XXI. La falta de pastos en las zonas cercanas y la necesidad de abaratar costes han obligado a Juan José Castillo, un joven ganadero de la pedanía caravaqueña de Archivel a recuperar una vieja tradición familiar. La nieve caída en las cercanas montañas y el frío reinante en la mañana de ayer no fueron obstáculo para que Juan José -acompañado por su ayudante Juanma y su perra Shakira- saliera desde la finca de Las Oicas para dirigir sus 600 ovejas a través de cañadas y veredas hasta la finca de los Alagueces en Lorca, cerca de la pedanía de Zarzadilla de Totana.
Tres largas jornadas se necesitan para completar el recorrido, pero con las bajas temperaturas que ya azotan las Tierras Altas de la Región de Murcia se harán mucho más largas. Estaba previsto que la primera noche, el rebaño y los pastores hicieran noche en un aprisco cercano a la Cuesta de Lorca, en la casa del Conde. El punto de descanso para segunda noche al raso será en Avilés.
Cañadas ocupadas
Juan José comenta que «otros años nos hemos ido apañando con los pastos de aquí cerca, pero la sequía de este otoño nos obliga a buscar otras zonas». Cuando se le pregunta sobre cómo va a realizar el traslado andando y no buscando medios de transporte afirma, sin titubear, que «estamos muy mal los ganaderos y tenemos que ahorrar todo lo que podamos, no podemos gastarnos más de 2.000 euros en un camión cuando podemos hacerlo andando como ya lo hacían nuestros abuelos».
El camino más corto sería una línea recta o bien utilizar las actuales vías de comunicación. Pero ninguna de las dos opciones es válida en este momento. La línea recta, porque obligaría a subir y bajar montañas; las carreteras porque sería necesaria la intervención de efectivos de la Guardia Civil para controlar el tráfico al paso del rebaño.
Quedan por tanto las cañadas, las veredas y los caminos de servicio, las tradicionales 'autopistas del ganado', aunque en muchos casos estas cañadas (que son espacios de dominio público) ya han sido ocupadas con nuevas roturaciones y por accesos particulares que hacen imposible que Juan José pueda utilizar el mismo recorrido que hace años utilizaban sus antepasados.
Fisgoneado en La Verdad.
Teníamos más tarea cuando venían los pastores de trashumancia por el campo de Cartagena; el trabajo de miles de ovejas había que realizarlo en horas.
No conoce otro oficio. Toda su vida, 75 años ya, Juan Cánovas Almagro se ha dedicado a esquilar animales. Desde que la edad le permitió tener las suficientes fuerzas para hacerse con el cordero o con la mula, agarrar entre sus manos las tijeras y darles una buena pelada, se ha dedicado al trabajo y el arte de esquilar. Pero no sólo él, todos los varones de la familia: su abuelo, su padre, dos hermanos y dos primos, han vivido recorriendo principalmente los campos de Murcia y Cartagena de corral en corral, siendo conocidos como los esquiladores de Gea y Truyols. Sus respuestas son el recuerdo de una labor que acaba de dejar.
- ¿Hay algunas fechas del año más propicias para esquilar?
- Normalmente se debe empezar este trabajo cuando se van alejando los fríos, allá por el mes de abril, y concluir cuando empieza el verano, en julio.
- ¿Supongo que el trabajo se lo repartirían ustedes por zonas?
- Bueno, nosotros le llamábamos la parroquia, a todo el campo de trabajo y ésta iba desde el puerto de la Cadena hasta San Pedro del Pinatar y San Javier. A veces también nos acercábamos a las Longueras y las sierras del Albujón; e incluso ocasionalmente nos llamaban en la huerta de Murcia, sobre todo a los pueblos de la Costera Sur. Ahora que cuando más trabajo teníamos era cuando venían los pastores de trashumancia por el campo de Cartagena, y el trabajo de miles de ovejas había que hacerlo casi en horas.
- Bueno, supongamos que aquí tengo ahora el corral al aire libre de corderos y carneros ¿qué hacemos para empezar?
- Los vamos a pasar a este otro corral cubierto y más pequeño, y les vamos a echar unos cubos de agua, porque las ovejas hay que embacharlas para que se calienten entre ellas y se les ponga más domable la lana.
- ¿Y lo va a trabajar usted sólo?
- No. siempre intervienen dos personas: los amarradores, que tienen la habilidad de coger las borregas por las cuatro patas cruzándolas entre ellas para que puedas trabajar, y el esquilador. Siempre se empieza por el cuello, lo primero que hay que dejar limpio de una borrega es el cuello y después seguir con todo el cuerpo, y ya están listas para venderlas. A veces, si eres muy hábil y fuerte, también puedes hacerlo tú solo; en este caso la cabeza del borrego o de la borrega la tienes que sujetar tú sólo entre tus piernas, metiendo la cabeza bajo tus muslos.
- ¿No todas se esquilarán para venderlas?
- La elección la tiene el propietario: aquel carnero o borrego que se le corta el rabo al terminar de esquilarlo ese queda destinado para la crianza.
- ¿Cuántos ha sido capaz de dejar limpios de lana en un sólo día?
- Entre 200 y 300 cabezas. También depende; inicialmente el trabajo se hacía con tijeras que funcionaban a mano; en este caso normalmente te hacías cien por día; después llegaron las tijeras eléctricas y eso era ya otra cosa.
- ¿Y les hacían algún dibujo?
- A veces siguiendo distintas alturas de pelado le hacíamos dibujos, sobre todo figuras de árboles o la cabeza de otro animal. Pero la señal clave era si había que cortarles el rabo o no.
- Imagino que saldrían de sus domicilios con el zurrón cargado para toda la jornada.
- Nunca hemos llevado zurrón, sólo las tijeras dentro de una bolsa. Comíamos allí donde se realizaba el trabajo, siempre y cuando la hora de llegada coincidiese con la hora de comer de esa persona que nos había encargado el trabajo, si no, pues no comías.
- Y a las mulas ¿qué tal le iba eso de meterle las tijeras?
- Con ellas hay que trabajar más, pues deben esquilarse tres veces al año; el primer corte se le da un poco antes de que lleguen los fríos de Navidad, porque si se hiela el pelo ya no le vuelve a crecer hasta dentro de dos o tres años. A veces te pedían que pelases la mula a capote, es decir, todo el cuerpo, y esto se hacía como medida preventiva ante cualquier enfermedad que pudiera coger o para curarle alguna herida que tuviese.
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